LA VICTORIA DEL FASCISMO EN COLOMBIA ES TEMPORAL Y DEBE SER REVERTIDA

Partido Comunista de Colombia – Maoísta, 

Diez días después de las elecciones presidenciales en Colombia, el escrutinio y la entrega de credenciales han ratificado como ganador a Abelardo de La Espriella frente al candidato del Pacto Histórico y la Alianza por la vida, Iván Cepeda, confirmando así los resultados del pre-conteo con un estrecho margen y con una participación histórica. Este resultado en las urnas otorga un triunfo temporal a la corriente fascista, alineada a nivel internacional con Donald Trump y sus propósitos para América Latina; a su vez, representa la pérdida del control político del Estado por parte del progresismo, que por primera vez en Colombia había logrado llegar a la presidencia gracias al acumulado de luchas del movimiento democrático, popular y revolucionario.

A diferencia de lo ocurrido durante los periodos de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010), la izquierda democrática en Colombia cuenta hoy con un alto respaldo en diversas regiones y sectores de la población, encontrándose en mejores condiciones de aceptación política. Sin embargo, la actual coyuntura internacional marcada por disputas y acuerdos entre las grandes potencias para asegurar posiciones favorables en el nuevo orden mundial agudiza la confrontación directa contra el imperialismo estadounidense, que se niega a ceder su lugar.

Con la llegada de Trump a la presidencia de EE. UU., la injerencia política y el control militar del continente se consolidan como la estrategia fundamental de Washington para evitar el desmoronamiento de su poder hegemónico. La aplicación de esta política colonial hacia las Américas se sostiene mediante la amenaza armada (apuntando directamente a Venezuela y Colombia), la captura del presidente Maduro, la criminalización y amenazas a los lideres no alineados con su política, el recrudecimiento del bloqueo económico y político contra Cuba, la subordinación de gobiernos y territorios usando fuerzas aliadas en una relación similar a “vasallos” como en El Salvador, Honduras, Argentina, Panamá y Ecuador; todo lo anterior para el control migratorio, las redes del narcotráfico y los recursos, requerido para mantener su hegemonía internacional.

El nuevo gobernante colombiano, Abelardo de La Espriella, y su programa de gobierno someten a la nación a los dictados de la política exterior estadounidense, cediendo nuestra soberanía y seguridad nacional. Se trata de un personaje vinculado al paramilitarismo, al narcotráfico, a las economías ilegales y a las redes de estafa, cuyo objetivo central es la destrucción del progresismo, el movimiento social y popular con sus expresiones feministas, ecológicas, juveniles, sindicales y campesinas y, erradicar las ideas y organizaciones comunistas que le den perspectivas estratégicas al pueblo. Su victoria consolida una nueva forma de dominación del imperialismo norteamericano en nuestra América, que se puede asimilar a un protectorado no formal.

Impedir que se materialicen las apuestas de este nuevo gobierno fascista exige no solamente afianzar el desarrollo del movimiento democrático como una tarea nacional, sino asumirlo plenamente como una causa antiimperialista y anticolonial con un carácter antifascista, antipatriarcal y antirracial. Esta labor debe estar unida a una alianza real y concreta con los pueblos de América para sepultar al imperialismo estadounidense en sus propias aguas, avanzando incesantemente en la construcción de una alternativa al capitalismo que se fundamente en lasoberanía latinoamericana y en la apropiación de nuestros recursos para el bienestar de los pueblos.

La masiva movilización de ambas campañas durante la contienda presidencial evidenció un fuerte pulso en la conciencia ciudadana: la tensión histórica entre la necesidad de cambio y el retorno al pasado. Esto demuestra que no se trata únicamente de una disputa electoral, sino de una profunda contienda por un modelo de sociedad, desde el fascismo se impone el disciplinamiento social, que agita la consigna de la centralidad de la familia `tradicional`, las creencias religiosas y la llamada a la `defensa de la patria`, para imponer un ordenamiento moral que niega la lucha antipatriarcal, antirracial, anticolonial y de clases. Su discurso homogeniza, niega la diversidad propia de los pueblos y la naturaleza, otorga el permiso social para agredir y destruir a todo quien se oponga al ordenamiento jurídico, económico y cultural capitalista e imperialista.

El fascismo se arroga el derecho de emplear "la razón y la fuerza" como ejercicio legítimo de su democracia, presionando a sus oponentes para que renuncien a la combinación de las formas de lucha; ceder ante esta presión equivaldría a atarnos las manos frente a su ofensiva. Para el movimiento popular, la combinación de todas las formas de lucha sigue siendo una necesidad imperiosa para resistir y forjar un nuevo camino. Es innegable que, tras el proceso de desmovilización de las FARC-EP en 2016, la vía armada dejó de ser la forma principal de lucha.

Durante la última década, la resistencia ha girado en torno a la movilización masiva, las asambleas populares, las mingas, los levantamientos, el accionar sindical, la disputa electoral por el Estado y la confrontación callejera (con armamento popular y una débil incidencia de estructuras armadas). No obstante, es vital impedir que la lucha se restrinja exclusivamente a los cauces institucionales. Limitarse a una resistencia únicamente "pacífica", en un escenario donde el Estado aborda cualquier protesta social como un acto "terrorista", es otorgarle una inmensa ventaja estratégica al fascismo.

La "izquierda democrática" —corriente principal del Pacto Histórico— limita su horizonte a la justicia social, la igualdad y los derechos laborales dentro de los márgenes de la democracia representativa e institucional. Al rechazar explícitamente las formas de la democracia popular, y carecer de un programa que trascienda el capitalismo y los sistemas de opresión que lo sostienen, esta vertiente hace lo imposible por deslindarse de las ideas comunistas.

Como comunistas, luchamos por un mundo radicalmente distinto, pero comprendemos que hacer real esta necesidad histórica requiere transitar por diversas etapas sociales, acordes a las realidades de nuestros pueblos. En el presente que se avecina, nuestro lugar histórico es claro: en la oposición total al fascismo, en la resistencia activa por la democracia popular y en la construcción de una alternativa que siente las bases del poder popular en lo económico, político, social y cultural, contra todas las formas de dominación.

¡Por el Poder, la soberanía y la solidaridad de los pueblos!

¡Expulsar al imperialismo de nuestros territorios, mentes y corazones!

¡Viva la América libre y soberana, que cada nación cumpla su papel!